Respuesta a Iker Gallastegi
es un artículo de Eduardo Abajo Domínguez publicado en GARA el 20 de agosto del año 2001.
Respuesta a Iker Gallastegi
Aunque el artículo de Iker Gallastegi (GARA, 15-8-01) va dirigido al señor Knörr y a los dirigentes de EA, entiendo que su crítica puede hacerse extensiva a quienes sin estar vinculados a EA creemos en la necesidad del uso de vías exclusivamente políticas para afrontar los problemas de nuestro pueblo, frente a la persistencia del recurso a la violencia (no sólo por parte de ETA, ciertamente).
Argumenta Gallastegi la necesidad de la lucha armada de ETA como «única posibilidad de obligar a dialogar y a negociar al Gobierno español», frente al fracaso (pasado y previsible en el futuro) de los intentos de forzar tal negociación «en claves de no violencia».
Habría que preguntarse si esa posibilidad de negociación que supuestamente persigue ETA, es más real o cuenta con más probabilidades de serlo que cualquier otro intento que se llevase a cabo en claves de no violencia. Y yo creo que no lo es.
Si para tratar de acabar y acallar un problema político como el que soportamos, el uso exhaustivo de medidas represivas se ha demostrado totalmente inútil tras 40 años (son muchos más, pero por remontarnos sólo al período de surgimiento de ETA) de obstinación en las mismas, también se ha demostrado totalmente inútil (sin olvidar el fracaso de Argel) el tratar de forzar una negociación mediante el recurso a la violencia. Y, parafraseando a Gallastegi, tampoco se puede esperar que esto cambie en el previsible futuro.
Los gobernantes españoles mostraron claramente durante la tregua de ETA, el desasosiego que la misma les producía y de ahí sus reiterados esfuerzos, recompensados al final con el éxito, por acabar con tal situación. Aparentemente para ellos, resultaba (y resulta) mucho más cómoda una situación que les brinda en bandeja la ocasión de ejercer la más amplia panoplia de medidas represivas (no siempre legales) presentándose sin embargo con total desfachatez ante sus ciudadanos (y ante el mundo) como amantes y garantes no sólo de la ley, sino de la libertad y la democracia.
Y esos ciudadanos, salvo excepciones, si atendemos a resultados electorales, fuera de Euskadi, y medios de comunicación, no les reclaman precisamente diálogo y negociación, más bien todo lo contrario, frente a la actuación de ETA. Y en tales circunstancias nada hay que les impulse a modificar sus planteamientos, ya que la presión que ETA pretende sobre el Gobierno no recae sobre él, sino sobre ella misma y sobre los que en todo o en parte coinciden con sus objetivos.
Si en estas circunstancias las posibilidades de procurar una negociación mediante estrategias «violentas», resultan al menos similares (y posiblemente menores) que mediante estrategias «no violentas», no parece adecuado mantener tales estrategias violentas dado el irreparable coste humano que (nos) causan.
Y eso sin tener en cuenta consideraciones éticas que no son en absoluto desdeñables. Ya que tiene razón Gallastegi en citar la injusticia y la falta de respeto democrático a los derechos de los pueblos como origen de la respuesta violenta. Pero si el ejercicio de la violencia no repara esa injusticia (ni a nivel general, ni tampoco particular pues parece imposible reconocer en las víctimas de ambos lados a los causantes directos de la injusticia previa), sino que provoca nuevas situaciones de manifiesta injusticia, difícilmente podremos hablar de la violencia como consecuencia «legítima».
Frente a esto, el potenciar las vías exclusivamente políticas, como lo demostró el corto período transcurrido tras el Acuerdo de Lizarra hasta el final de la tregua (corto, si lo comparamos con los períodos de «no tregua»), es la posibilidad más real de acumular fuerzas suficientes no sólo en Euskal Herria, sino también de entre aquellos sectores democráticos y progresistas del Estado e internacionales que, sin la actuación de ETA de por medio, serían más proclives a coadyuvar en intentar un cambio de postura en los planteamientos del Estado.
El desencanto que provocó la paralización del proyecto iniciado en Lizarra, no debería hacernos olvidar las potencialidades que todos adivinábamos en un acuerdo como aquél. Es cierto que habrá que valorar el compromiso, los ritmos, los pasos que cada cual esté dispuesto a dar realmente... y las posibilidades de que dichos pasos puedan llevarnos a algún puerto que merezca la pena, antes de embarcarse (o no) en un nuevo proyecto de aquel tipo. Pero la persistencia de la violencia no ayuda en nada, más bien al contrario, a efectuar esa valoración y análisis.
Y en ese sentido, la crítica a ETA (y la solicitud a Batasuna de crítica similar), no me parece en absoluto demagógica, sino oportuna, por lo que supone de apuesta por el escenario de ausencia de violencia que se proponía en Lizarra. Como oportuna fue (y es) la crítica hacia el Gobierno que nada hizo (ni hace) por favorecer ese escenario deseable. Crítica que no ha dejado de producirse desde los sectores aludidos por Gallastegi, por más que la misma se haya ampliado a ETA desde y por causa del fin de la tregua.
Eduardo Abajo Domínguez